OSCAR.MOJON
- lector Ocasional
- Ourense, España Península
Últimas opiniones
- Lector Ocasional
Encuadrado dentro de la estética Trainspotting, Irvine Welsh nos describe los bajos fondos de una barriada de Edimburgo a través de la mirada vidriosa y paranoica de diversos personajes-despojo de la sociedad, que en un tono canalla y alucinógeno (las drogas tienen mucho que ver en esto) van tomando uno a uno la palabra (y la voz del narrador). Resulta espeluznante descubrir cómo sus miradas convierten la situación más inocente o anodina en una aceitosa boñiga de mierda, utilizando ese lenguaje tan grato al escritor. Desternillante por momentos, chocante y provocador casi siempre. Eso sí, no pierdas ripio de lo que lees o te perderás diálogos o "pensamientos" hilarantes que te cagas... ¡Ah, se me olvidaba! La cohorte de chorizos, yonkies, propietarios de pubs sin demasiados escrúpulos, estudiantes flirteando con la prostitución, matones psicópatas y demás faunos del arrastrado bosque nocturno que merodean por estas páginas encuentran en la realización de una película porno una especie de expiración a todas sus faltas y el pasaporte que todos ellos buscan para su entrada triunfal en el capitalismo. Porque, en realidad, el dinero es el principal motor de la historia. Una novela de escapatoria, cuando lo más difícil es la huida. Escabroso clímax final que nos recuerda que jugar con fuego es peligroso (con delirante pirueta a modo de cierre). Una frase bastante contenida, comedida y discreta y que para mí resume, en gran medida, por dónde van los tiros en la siguiente: "... ahora sólo hago el esfuerzo de ligar en serio si parece probable un evidente logro financiero además de sexual".
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En los cuentos no hay espacio físico suficiente para desarrollar psicológicamente a los personajes y dotarlos de las innumerables aristas que componen cualquier personalidad, incluso la más simple, y esto se ve claramente en los cuentos de Roald Dahl. Sus personajes no llegan a la caricatura, aunque poco les falta. O son muy misteriosos, o muy avariciosos o muy malos. Y esto no pretende ser ninguna crítica, porque en los cuentos no se trata de crear mundos, ni tan siquiera de recrear historias, para eso ya existen otros géneros. En los cuentos quieres que algo te sacuda de manera instantánea, despierte en ti una sensación profunda, una duda terrible... Los cuentos de Roald Dahl son, sobre todo, misteriosos. Resulta inquietante La maravillosa historia de Henry Sugar, inquietante porque hay una historia dentro de otra y dentro de otra más y porque el "cuentista" juega con nosotros proponiendo diversos desenlaces y, dándole veracidad a su historia, nos recuerda que se trata de una historia real y por lo tanto el final tiene que ser real... Y uno termina por no saber lo que está leyendo. Termina el libro con una historia titulada Cómo me hice escritor. Es un cuento revelador, no al estilo de las cartas a un joven poeta que habían escrito Virginia Woolf o Rilke, escritores que parecen haber nacido por y para la escritura. Roald Dahl es otra cosa, fue un aviador en la Segunda Guerra Mundial antes de hacerse escritor, y el gusto por la ficción vino casi de forma accidental...
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Con la excusa de indagar en la misteriosa desaparición y muerte del escritor republicano y traductor José Robles Pazos, probablemente a manos de los rusos, en los albores de la Guerra Civil, Ignacio Martínez de Pisón va hilvanando un relato de investigación e intrigas en el que deja patente el cuartelamiento de la izquierda (con los poumistas, los anarquistas, los estalinistas y los trotskistas) y las angustias de una guerra destinada al fracaso. Como testigos de excepción encontramos a Hemingway, John dos Passos o George Orwell entre otros muchos escritores e intelectuales extranjeros movidos por tiempos de convulsión e incertidumbre. En Enterrar a los muertos se habla también del papel de los intelectuales en los conflictos armados, de los enfrentamientos entre Hemingway y Dos Passos, de los conflictos éticos, de las diferencias políticas y de los bruscos virajes ideológicos ante una cruda realidad que manda al traste teorías y proyectos. Un relato de decepción, desengaños y madurez (entendida como pérdida de la inocencia).
- Lector Ocasional
La historia de tres jóvenes que buscan abrirse un pequeño hueco en el mundo. Sin grandes ambiciones ni aspavientos. Nada nuevo. El conflicto con la generación anterior. Aunque más que hablar de conflicto habría que hablar de nubes negras que de repente nublan la vista, y de repente el camino que tenías trazado ya no te lleva a ninguna parte. Y te dejas ir o no, porque el mundo está lleno de posibilidades, piensas. Aunque también intuyes que siempre te acompañarán los recuerdos, como en Las Horas, o los otros “yoes” que pudiste haber sido y no fuiste, y las pequeñas miserias de una vida que pasa demasiado rápido, mientras pensamos en qué hacer con ella. Nada nuevo. Nada nuevo si no fuera por las sensaciones que nos dejan los personajes, el lenguaje entre poético y cómico, a veces una sensación como de música de supermercado o centro comercial, la ironía de una vida que te agarra y no te suelta hasta el final. El Cunningham que más me gusta en un libro que poco tiene que ver con el esperpento de película del mismo nombre.
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Relato preciosista y sin sobresaltos no apto para espíritus en busca de aventuras o historias trepidantes. Recuerda un poco a las viejas novelas de iniciación al estilo de La educación sentimental o Cartas a un joven poeta (sobre todo, cuando el protagonista narra sus atormentados comienzos), y como en la obra de Rilke, el formato elegido es el de una comunicación epistolar. Como siempre con Yourcenar, sorprende la exquisitez y honestidad del lenguaje utilizado por el protagonista y narrador, un lenguaje en el que te zambulles de cabeza, sin dudarlo un segundo, sabiendo que de él emergerás sereno, más puro y quizá también más sabio. Una rara delicia para los sentidos. Una de las perlas que suelta el protagonista: “Il est dangereux de s’exposer aux émotions dans l’art, lorqu’on a résolu de s’en abstenir dans la vie”.
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No sé si atreverme a comentar Las Olas. Hay algo de sagrado en Virginia Woolf, una de las artífices de la novela moderna junto a James Joyce y Marcel Proust. Las Olas es un gran retablo impresionista hecho con retazos de color y vida. Los personajes aquí son simples "seres vivos", al igual que lo son las plantas o los insectos. Uno entra en la piel de estos seres para aprender más sobre el universo y, finalmente, sobre uno mismo. La Woolf exhibe un dominio de la lengua y del estilo que no deja de impresionarnos por su sencillez y rotundidad. Las palabras nos atraviesan como torrentes de luz que dejan en nosotros una extraña sensación de hiperconsciencia. Al leerlo, cada poco me iba parando, maravillado ante mis propias manos, mis dedos, sintiendo la sangre recorrer mi cuerpo. Luego, al mirar a los ojos de otros seres, les miraba dentro, muy dentro, prolongando ese estado mágico. Amamos a todos los personajes, pero sobre todo amamos a Percival, el héroe trágico (¿pero, no lo son todos?): hermoso, fuerte e inteligente, a la manera platoniana. Amamos también las postales del mar (el tren-ola de mi juventud) con las que comienza cada capítulo y que serán copiadas mucho más tarde en "Breaking the waves" por Lars Von Trier. Una obra imprescindible.
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No sé si atreverme a comentar Las Olas. Hay algo de sagrado en Virginia Woolf, una de las artífices de la novela moderna junto a James Joyce y Marcel Proust. Las Olas es un gran retablo impresionista hecho con retazos de color y vida. Los personajes aquí son simples "seres vivos", al igual que lo son las plantas o los insectos. Uno entra en la piel de estos seres para aprender más sobre el universo y, finalmente, sobre uno mismo. La Woolf exhibe un dominio de la lengua y del estilo que no deja de impresionarnos por su sencillez y rotundidad. Las palabras nos atraviesan como torrentes de luz que dejan en nosotros una extraña sensación de hiperconsciencia. Al leerlo, cada poco me iba parando, maravillado ante mis propias manos, mis dedos, sintiendo la sangre recorrer mi cuerpo. Luego, al mirar a los ojos de otros seres, les miraba dentro, muy dentro, prolongando ese estado mágico. Amamos a todos los personajes, pero sobre todo amamos a Percival, el héroe trágico (¿pero, no lo son todos?): hermoso, fuerte e inteligente, a la manera platoniana. Amamos también las postales del mar (el tren-ola de mi juventud) con las que comienza cada capítulo y que serán copiadas mucho más tarde en "Breaking the waves" por Lars Von Trier. Una obra imprescindible.
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No sé si atreverme a comentar Las Olas. Hay algo de sagrado en Virginia Woolf, una de las artífices de la novela moderna junto a James Joyce y Marcel Proust. Las Olas es un gran retablo impresionista hecho con retazos de color y vida. Los personajes aquí son simples "seres vivos", al igual que lo son las plantas o los insectos. Uno entra en la piel de estos seres para aprender más sobre el universo y, finalmente, sobre uno mismo. La Woolf exhibe un dominio de la lengua y del estilo que no deja de impresionarnos por su sencillez y rotundidad. Las palabras nos atraviesan como torrentes de luz que dejan en nosotros una extraña sensación de hiperconsciencia. Al leerlo, cada poco me iba parando, maravillado ante mis propias manos, mis dedos, sintiendo la sangre recorrer mi cuerpo. Luego, al mirar a los ojos de otros seres, les miraba dentro, muy dentro, prolongando ese estado mágico. Amamos a todos los personajes, pero sobre todo amamos a Percival, el héroe trágico (¿pero, no lo son todos?): hermoso, fuerte e inteligente, a la manera platoniana. Amamos también las postales del mar (el tren-ola de mi juventud) con las que comienza cada capítulo y que serán copiadas mucho más tarde en "Breaking the waves" por Lars Von Trier. Una obra imprescindible.
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No sé si atreverme a comentar Las Olas. Hay algo de sagrado en Virginia Woolf, una de las artífices de la novela moderna junto a James Joyce y Marcel Proust. Las Olas es un gran retablo impresionista hecho con retazos de color y vida. Los personajes aquí son simples "seres vivos", al igual que lo son las plantas o los insectos. Uno entra en la piel de estos seres para aprender más sobre el universo y, finalmente, sobre uno mismo. La Woolf exhibe un dominio de la lengua y del estilo que no deja de impresionarnos por su sencillez y rotundidad. Las palabras nos atraviesan como torrentes de luz que dejan en nosotros una extraña sensación de hiperconsciencia. Al leerlo, cada poco me iba parando, maravillado ante mis propias manos, mis dedos, sintiendo la sangre recorrer mi cuerpo. Luego, al mirar a los ojos de otros seres, les miraba dentro, muy dentro, prolongando ese estado mágico. Amamos a todos los personajes, pero sobre todo amamos a Percival, el héroe trágico (¿pero, no lo son todos?): hermoso, fuerte e inteligente, a la manera platoniana. Amamos también las postales del mar (el tren-ola de mi juventud) con las que comienza cada capítulo y que serán copiadas mucho más tarde en "Breaking the waves" por Lars Von Trier. Una obra imprescindible.
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Una instantánea agridulce del mundo contemporáneo. Sus personajes exhiben una visión del mundo simple y provocadora (caracteres misóginos hasta el extremo de cosificar a la mujer, u homófobos hasta decir que no existen homosexuales, sólo pederastas...); las relaciones que se establecen entre los personajes están impregnadas de un trasfondo sexual evidente. Es más, en el mundo de Houellebecq el sexo es la razón última de todas las cosas. Y para conseguirlo, están todos los gurús del culto al cuerpo, los talleres espirituales, etc. Es difícil no sonreír o reír abiertamente ante las ocurrencias (quizá más ingeniosidad que genialidad, pero qué importa) de este escritor y sociólogo sui generis que nos ofrece una mirada cáustica y socarrona de la sociedad contemporánea. El escritor como un Dios que nos mira desde arriba. Para disfrutar, anotar las numerosas perlas políticamente incorrectas que incluye la novela y soltarlas cuando queramos quedar completamente "improbables", al estilo de Oscar Wilde, ante una audiencia de estirados niños pera.


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