El camino hacia los grandes descubri-mientos que han revolucionado la ciencia y el mundo suele estar plagado de historias insólitas.
Los grandes descubrimientos científicos son a menudo el resultado de curiosas coinci-dencias o de episodios tan inesperados como pintorescos. ¿Cómo se descubrieron la anestesia, la existencia de los llamados «portadores sanos» o los mecanismos que intervienen en la digestión? A veces por azar, otras por pura intuición. La intuición de científicos audaces y, en ocasiones, poco escrupulosos, a quienes la historia ha terminado por olvidar.
Recordamos a Pasteur, pero ¿quién conoce a Jenner, el inventor de la vacunación? ¿O a Margaret Crane, creadora del primer test de embarazo? ¿Y qué decir de Horace Wells, el dentista pionero de las operaciones bajo anestesia, que llevó a cabo sus primeros experimentos… consigo mismo? ¿Seguimos hablando de ciencia o rozamos ya la inconsciencia?
La pregunta también se plantea en el caso de Philip Zimbardo y su temible experimento psicológico del «efecto Lucifer». Porque, a veces, los descubrimientos escapan incluso a quienes los engendraron…