Leer a Idoia Fradejas es instalarse en el corazón mismo de la lágrima: un territorio salino donde el amor deja rastros que el poema aprende a nombrar. Este nuevo libro avanza como una caminata junto al mar, una peregrinación íntima que atraviesa las fases del vínculo, su fulgor, su caída y su lenta decantación en la memoria. El olvido no como borradura, sino como crisálida. Una operación vital, áspera, a veces insoportable, que reorganiza el yo y lo empuja a comenzar de nuevo. En el fondo (y aquí dejo un suspiro), palpita una doble travesía. Por un lado, la del recuerdo que insiste y regresa como un sol intermitente. Por otro, la del aprendizaje de soltar, aceptar que todo muta. Así, la autora compone una secuencia de escenas donde lo íntimo se abre al paisaje. Y después de la herida no llega el vacío, sino otra manera de estar. Entre la sed y la magia se mece este libro: un espacio donde el dolor cambia de sitio, se esquivan los puñales del frío y se aprende, de a poquito, a llorar.