A capricho de sus caricias, sus puñetazos, sus besos o de sus amenazas revólver en mano, así es mi relación con la poesía. Baudelaire tenía razón cuando me dijo que nunca conseguiría librarme de ella y, es verdad, cuando la necesito nunca está y cuando la he olvidado aparece.
El amor, el miedo, la felicidad, la muerte, cada poema es una fotografía de una situación, de un estado de ánimo. Poemas crudos, felices, realistas, sin artificios, sin rodeos, con la certeza de que la vida siempre acaba mal, pero con el entusiasmo de que, mientras estemos vivos, a la vida hay que darle un bocado en el culo y devorarla, como dijo el gran Jorge Martínez. También él tenía razón cuando afirmaba que, cuando tengamos que entregar la vida, que la muerte solo encuentre cenizas, eso sí, que sean las cenizas de una vida que, a pesar de todo, mereció la pena vivir.