«He vivido tanto que ahora tengo que contarlo». Solo repito lo que dijo en 1969 mi inolvidable y noble amigo Rafael Alcides Pérez. Este poemario nació de mis observaciones de niño curioso, de lo que llamábamos ojos de madera: esos nudos llenos de años que los árboles exponen con orgullo como sus arrugas, y que la madera pulida convierte en círculos casi concéntricos de líneas oscuras y enigmáticas, en los muebles de aquella casa que ya no existe.