La poesía de Laura es culpable porque ha llegado henferma a nuestras manos. Está operada, rota de dolor, sangra y habita en los cuerpos dirigidos a los cuartos de paredes blancas, al olor del suero, a la comida de hospital. «Este cuerpo solo este cuerpo/ rompiéndose / soy yo». La poesía de Laura también es culpable porque conoce que el alarido por la llaga no es simplemente propio y que San Lázaro está repleto de henfermos y uérfanos. De retículas desvaídas y órganos que se inflaman. De gentes que se contonean hasta la cancela sujetándose las tripas, amarilleándose a cada paso. La escritura colectiva de la poeta casi hímnica, casi procesionaria rastrilla el camino con sus palabras que también son de otros, que atestiguan el paso lento y acompasado del imperativo del daño suplicando una entidad que lo nombre, una mano que calme, un futuro que repare.
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