Treinta y tres nombres de Dios es una obra desafiante en varios sentidos. Primero, porque Itzel Lara aborda con asepsia quirúrgica, con mórbida simplicidad, con diestra economía racional –racionera también– el desastre del cuerpo, el fin material de la existencia –¿acaso hay otro?– y porque saca del centro el dolor para volverlo paisaje, ruidos incidentales, accidente. Luego, por el diálogo intertextual que establece con el florilegio homónimo de Marguerite Yourcenar: ¿dramatizar el poema o literaturizar la escena? La opción de Lara excede ambas fórmulas porque las funde y funda con ellas otra cosa. En todo caso, el vínculo genético es eficaz e indisoluble. Lara toma de Yourcenar la serie lírica completa para usarla como una suerte de diminutos contenedores, los resignifica y amplía su sentido –a pelo y a contra pelo– cuando sobreescribe en ellos una consistente suite de minificciones que concilian la belleza del marco con la crueldad del contenido, cuando la diversidad de la fuente se alinea al procedimiento temático de Lara. Finalmente, por la velocidad narrativa, la brevedad de los componentes, la línea t
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