Miguel Veyrat ha preferido, a lo largo de una trashumancia que incluye una década de libros, la decantación del verbo, la apuesta por lo conciso y, sobre todo, la inteligencia de que la poesía es una revelacion preñada de misterio o, en la simetria en cruz, un misterio henchido de revelaciones. Una de las principales premisas de la poetica de Veyrat, respirante en cada uno de sus organismos verbales, desde Antitesis primaria (Adonais, 1975) hasta La voz de los poetas (Calima, 2002), es la certitud de que la verdadera fragua del fulgor poetico es enemiga de la gratuidad y del facilismo. La siembra de la luz, transfigurada en palabra silenciosa que reclama los ojos del lector para encarnar en voz, en aventura sonora, es una practica que reconoce en los antiguos alquimistas similares motivos. El contacto de las palabras -su callada friccion en el erial de la hoja- propicia, cada vez que el poeta urde su voz, la reinvencion del fuego original, cuya almendra, como la luz segun la correspondiente consigna hermetica, es negra. En el centro de la soledad, la comunion, el puente que cimenta la poesia. En los entresijos del barroco laconico o barroco del silencio, como definio Francisco Umbral el arte de Veyrat en el prologo a Adagio desolato (Endymion, 1984), sobresale la paralela genesis de un mundo imaginado por el lector. Lo dire de otro modo: cada poema de La voz de los poetas -sobre todo aquellos que se han propuesto fungir como indagacion espontanea del mysterium verbal (metafisica instantanea segun la conocida expresion de Bachelard)- incita a quien lo lee a la construccion, simultanea y acaso mas morosa, de un escenario hipotetico donde despliega sus alas otro poema, ese que nace desde los versos de Miguel Veyrat y, por ello mismo, desde sus demonios interanimantes (Pavese, Rilke o Eliot). Somos coparticipes, entonces, de un doble gozo: el poema de Veyrat y el otro poema, el que imaginamos junto con el a partir de sus versos.
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