En estos relatos el pasado empuja irrefrenablemente. El pasado no es en ellos una simple referencia temporal. Va más allá. El pasado es el argumento, la materia secreta, de casi todas las historias. Son relatos urbanos. Los automóviles, los aviones, los aeropuertos, las oficinas, los teléfonos móviles, los ordenadores… imponen sus reglas. La ciudad dicta su ley sobre los personajes. Algo así como los suburbanites de Cheveer. El autor no se detiene, sin embargo, en sus vidas profesionales o laborales, prefiere abordar sus sentimientos, sus frustraciones... Sus dramas personales y familiares. Son personas atrapadas en sus roles sociales, angustiadas por el cumplimiento obsesivo de sus deberes profesionales. Gentes que son incapaces de abandonar sus esquemas, incapaces de abandonar la lucha. Ese frustrante autocontrol, esa renuncia a la aventura, esas angustiosas represiones, se abordan, sin embargo, con un ligero y comprensivo humor. No se caricaturiza a nadie. No se es cruel con nadie.
Una historia de codicia y de venganza. Se nos cuenta cómo los Espinosa descubren en la ladera oeste del Sancti Spíritus la más rica bolsada de galena argentífera de que se tiene memoria. Se niegan a poner la mina a nombre del General, y un pistolero a sueldo mata al padre en la casa de putas de La Manca. Un hombre no vale alli mas que el plomo preciso para fabricar una bala. El hijo huye a Oran y vuelve doce años despues a vengar la muerte de su padre. Las oscuras e inconfesables relaciones del General y su joven sobrina retrasan su designio.