De forma insistente y abrumadora, Josef Winkler describe la ciudad de Roma en su punto más vivo: los días laborables, el ajetreo del mercado de la Piazza Vittorio Emmanuele; los domingos, la espera y la vagancia ante el Vaticano. Entre los que esperan se encuentran la vendedora de higos y su hijo, que normalmente trabaja para un pescadero. En el mercado aparece por todas partes, entre todos aquellos cuerpos humanos, animales muertos y despedazados, frutas tropicales y verduras, ese Piccoletto de largas pestañas.
En los años treinta, un hombre arrojó la talla de un Cristo de tamaño natural por una cascada. El párroco, pintor de imágenes religiosas, encontró en el lecho del arroyo el crucifijo al que en la caída se le habian roto los brazos y exhibio aquel torso mutilado a la entrada de su parroquia. El sacrilego -contaba el cura- perdio por su acto infame ambos brazos en la segunda guerra mundial. Poco despues, el parroco levanto en el centro del pueblo, frente a la escuela, un monumento que representaba el Infierno. Al dar su catequesis señalaba con el dedo y los niños, pelados al rape, miraban por la ventana y veian al profanador de Cristo tendido en el suelo del Infierno.
Josef Winkler abandona su Carintia natal para no olvidar el miedo que lo mantiene vivo. El sur de Italia, allí donde más arraigado está el catolicismo, es elegido como escenario de docenas de relatos de infelicidad y desdicha. Historias de horror y caustica ironia, protagonizadas por la locura, la homosexualidad, el sacrilegio, el recuerdo de la oscura infancia en el pueblo de Kamering y por encima de todo los muertos, a los que el autor imagina reunidos en su universo literario: el cementerio de las naranjas amargas.